
Las entidades éticas tratan de conjugar el beneficio económico con las actividades de impacto social positivo
Ha pasado, desde sus orígenes como mero instrumento de transacciones financieras, a ser un constructor de realidades capaz de elevar o destruir imperios económicos y de moverse virtualmente a gran velocidad por todo el planeta. El dinero contante y sonante, o más bien los intentos de extraerle el máximo rendimiento a toda costa, han protagonizado de forma desafortunada los debates en torno a los motivos de la crisis económica que asola al mundo desde el año 2007. La parálisis del consumo, la debacle del mundo financiero, las alarmantes cotas de desempleo provocan la imperiosa necesidad de un modelo productivo nuevo, mucho menos voraz y con vocación de permanecer en el tiempo y centrarse en los objetivos a largo plazo, generando beneficios económicos sin descuidar los objetivos sociales, la preservación medioambiental, los derechos humanos y laborales y el resto de premisas de la Responsabilidad Social Corporativa. La banca ética, que ha comenzado en los últimos tiempos a extender sus brazos a lo largo y ancho del mundo financiero, da respuesta a las necesidades del recién nacido escenario productivo, y en la Unión Europea proliferan a gran velocidad este tipo de iniciativas. En España, tras los pasos del pionero Triodos Bank, ha nacido recientemente la iniciativa Banca Cívica formada por Caja Canarias y Caja Navarra, a las que se unirán Caja Burgos y Sa Nostra.
La banca ética representa una nueva concepción del mundo financiero en el que las entidades se basan en criterios negativos o positivos para llevar a cabo su modelo de negocio. Los primeros se abstienen de invertir en actividades o empresas que vulneren los criterios definidos por la entidad. Algunas actividades que habitualmente se excluyen son la producción de armamento, las que llevan implícita la explotación laboral y el trabajo infantil, la destrucción del medio ambiente, la producción de tabaco y de alcohol o el comercio de drogas. A su vez, los bancos éticos que se rigen por criterios positivos financian única y exclusivamente inversiones de alto rendimiento social, con criterios prefijados por la entidad tales como mejoras medioambientales, comercio justo, promoción del entorno social, y similares.
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